Jubilada
Hace justo un año escribía aquí desde una cafetería en la playa, en Sada. El verano pasado la vida tenía otro ritmo, otro sentir. Este año las cosas son distintas. No he ido a pasar los meses allí como solía hacer. Iré, sí, pero a días sueltos, semanas cortas, coincidiendo con los bolos que me van saliendo por Galicia.
La verdad es que no me hace mucha gracia volver si ya no está mi madre.
Sobre el papel suena bien: podría haber aprovechado para instalarme allí, no hacer nada y pasarme dos meses con el culo en la arena de la playa. Pero la realidad del duelo no funciona así. Estar allí esquivando su ausencia en cada esquina... no me apetecía. He preferido agarrarme al curro que ha ido saliendo, usar los trenes, los festivales y las cabinas como escudo, e ir solo cuando tenga bolos por allí. Es mi forma de protegerme, supongo.
No he pensado donde estaré en mi cumpleaños, antes siempre lo pasaba con mi madre. No era celebración, pero ya era habitual comer con ella en algún sitio.
Así que aquí estoy, en Madrid. Llevo unos días que parezco una jubilada de Malasaña.
Entre semana mi vida se reduce a un triángulo muy pequeño: la barbería, mi casa, la plaza de Juan Pujol y El Rincón. Por las mañanas voy al gym temprano, pero no os creáis que me estoy matando; hago un poco de bici para cumplir con el expediente y salgo pitando de allí. El resto del día me lo paso en la calle, alternando con los parroquianos de siempre, viendo la vida pasar a casi 40 grados. Me suelo bajar a la plaza a leer por que han puesto unos chorros de agua que refrescan y se está guay. El otro día llevé a Popy y Jaime y pasamos allí la tarde rajando de nuestras cosas.
Hace poco terminé por fin todo el papeleo de la testamentaría. Es un proceso horrible, frío, burocrático, pero me ha dejado una certeza que aún estoy procesando: mi madre se aseguró de que yo pudiera vivir tranquila el resto de mi vida. Saber que tengo esa red, que me dejó ese último abrazo en forma de seguridad para que el futuro no me coma viva, es un descanso increible.
Y en eso estoy. Aprendiendo a gestionar el peso de la tranquilidad. Es otro rollo.
Ahora mismo mi mayor dilema diario se debate entre escribir un poco aquí o pasar de todo. Entre ir al gym o quedarme desayunando. Entre la autoexigencia de siempre y la pereza más humana. Mientras decido qué hacer con tanta calma, sigo pillando trenes, pinchando donde me llaman y buscando canciones. También viendo películas. El otro día, uno de los mejores momentos de este año: ver “La Sustancia” (por 4º vez) pero con mis tíos y mi primo. Con que poco soy feliz, eh. Pero sí, descubrir pelis y canciones a gente que quiero es una de las cosas que mas me hacen disfrutar de la vida.
Esta tarde, por lo pronto, me voy a tatuar. Supongo que es otra forma de fijar los cambios en la piel para que no se los lleve el viento.



Te animo con tu duelo y también te animo a que sigas escribiendo aquí. Algunos te leemos. Vamos 💪